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REAGAN Y LA SANTA ALIANZA – Un Padrino en las Sombras

El Padrino y uno de sus hijos segun lo aprendido con el Dr. Ribera

2004

A raíz del reciente fallecimiento de Ronald Reagan, que fuera presidente de Estados Unidos de 1981 a 1989, se han publicado numerosos artículos valorando su figura y su época (la era Reagan). Veinte años después de sus mandatos, cierta perspectiva histórica nos permite discernir con más claridad la importancia de su administración y de su legado.

La trascendencia de este presidente se concreta sobre todo en dos aspectos de su gestión: en el ámbito internacional, la erosión a la que sometió al bloque soviético, que terminaría con su disolución, y en el ámbito económico la recuperación definitiva del modelo neoliberal con sus peculiares rasgos de “keynesianismo de derechas” (incremento del gasto público ligado al complejo militar, junto a una reducción drástica de la fiscalidad). Dos líneas de actuación muy vinculadas entre sí y relacionadas con otras tendencias no menos definitorias de la era Reagan: me refiero al impulso decisivo de la revolución neoconservadora, con sus dimensiones nacionales e internacionales (estrechamente compenetradas también).


Revolución neoconservadora

Ronald Regan

La revolución neoconservadora despega en Estados Unidos en los años 70, como reacción al “desmadre moral” suscitado por las “revoluciones” sociales de los años 60 (simbolizadas por la primavera del 68). La victoria electoral de Reagan frente a Carter en 1980 marca la nueva tendencia social que desde entonces viene consolidándose en Estados Unidos y despertando en gran parte del mundo. Los ocho años de gobierno de Clinton (1993-2000) no sólo no minimizaron su influencia, sino que a base de escándalos (Lewinsky) y de medidas semiizquierdistas o progres (asistencia social pública, aborto, etc.), consiguieron paradójicamente fortalecer y aunar a las corrientes conservadoras, que consolidaron así la fuerza con que irrumpieron en la era Reagan. El mandato de Bush junior es la cosecha lógica de aquel proceso. En este sentido, es significativa la manera en que casi toda la nación ha homenajeado al difunto presidente, deshaciéndose en alabanzas hacia su figura (algo de por sí bastante común en la “América” mítica y heroica, que exalta y hasta redime su historia con orgullo una y otra vez).

La era Reagan presenció la consolidación definitiva de la “derecha cristiana”. Hasta entonces los evangélicos fundamentalistas habían apostado por una “recristianización” de la sociedad “desde abajo”, incitando a los creyentes a la transformación moral personal. La irrupción de la Moral Majority de Jerry Falwell en 1979 supone un cambio de planteamiento, pues los fundies deciden a partir de entonces pasar a la acción política, incluso a la lucha electoral. En 1988, al terminar el segundo (y, por ley, último) mandato de Reagan, el televangelista Pat Robertson se presentó a las primarias, pugnando por hacerse con la candidatura por el Partido Republicano de cara a las elecciones presidenciales; pero George H. W. Bush lo derrotó,  alcanzando después la presidencia.

Hasta entonces los evangélicos conservadores habían venido votando principalmente a Reagan, en el que veían un baluarte frente a la disolución moral de la sociedad (paradójicamente, el candidato demócrata que le había disputado la presidencia era Jimmy Carter quien, a pesar de ser un evangélico profundamente comprometido con su iglesia –no así Reagan–, resultaba demasiado “liberal” para muchos evangélicos). Tanto en 1980 como en 1984 la “derecha cristiana” reivindicó el triunfo de Reagan como resultado de la movilización de millones de evangélicos tradicionalmente desinteresados por la política (Falwell fue el líder religioso que más encuentros tuvo con el presidente). Esa fortaleza moral de Reagan, de cuño patriótico, convocó también la mayoría del voto católico, prefigurándose así en la persona del presidente la importantísima convergencia entre católicos y evangélicos que se concretaría en la década siguiente. Abandonando antiguos recelos antipapistas, los fundamentalistas adoptaron una estrategia pragmática de transformación social e influencia en las leyes, y desde entonces se han venido aliando a los católicos conservadores en sus luchas comunes contra el aborto, la pornografía, la homosexualidad, el humanismo y la destrucción de la familia. Esta movilización refleja la creciente influencia de los partidarios de la “recristianización desde arriba”.

La alianza católico-evangélica en el interior del país permite explicar algunas dimensiones de la politica exterior de Reagan que hasta entonces podrían haberse entendido como contradictorias: por un lado se continuó con el apoyo (oficial o implícito) a la expansión de las iglesias evangélicas en el mundo, especialmente en Iberoamérica; pero por otro se estableció una estrecha alianza con la cabeza de la organización que podría sufrir la competencia de estas comunidades: la Iglesia Católica Romana (ICR). Una vez más, el Vaticano jugaba a varias bandas, por un lado apoyando (en un país donde su fuerza social era limitada) aquellas políticas internas y externas de Estados Unidos que favorecen a sus intereses, y por otro tratando de limitar la libertad religiosa de las “sectas evangélicas” allí donde su poder sigue siendo decisivo (Iberoamérica). La solución final a esta paradoja viene sin duda de la mano del ecumenismo papal, que desde entonces ha logrado significativos avances no sólo en el campo protestante en general, sino especialmente en el que más duro de roer parecía, el evangélico fundamentalista (ver Ecumenismo cristiano).

Otro importante cambio de tendencia legado por la era Reagan se encuentra en el sempiterno debate en torno a la separación iglesia-estado. Este asunto fue definido en la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, pero ha habido continuos intentos de derribar la estricta separación entre los dos terrenos. El propio Reagan atacó en más de una ocasión la «desmesurada separación entre la iglesia y el estado» (Catholic.net, 11.99), y afirmó: «Creo que la fe y la religión desempeñan un papel decisivo en la vida política de nuestra nación […] y que la iglesia –y por ella entiendo todas las iglesias, todas las denominaciones– ha tenido una fuerte influencia en el estado. Y esto ha redundado en nuestro beneficio como nación». Consideraba que si presidentes como Kennedy no habían avanzado en la colaboración entre las iglesias y el estado, se debía a que en su época no se habían cuestionado asuntos como la prohibición del aborto y la oración en las instituciones; pero los nuevos desafíos laicistas requerían una nueva política de colaboración: «Necesitamos a la religión como guía. La necesitamos porque somos imperfectos, y nuestro gobierno necesita a la iglesia, porque sólo los que son suficientemente humildes para admitir que son pecadores pueden aportar a la democracia la tolerancia que necesita para sobrevivir» (Ronald Reagan. Views on Religion & Politics).

La “Santa Alianza”

El 24 de febrero de 1992 el prestigioso periodista Carl Bernstein publicaba en la portada de la revista Time su artículo “Holy Alliance”, en cuyo título recuperaba con acierto este término histórico para aplicarlo a la hasta entonces insólita alianza entre Estados Unidos y el Vaticano en su cruzada conjunta de dimensiones morales, sociales y políticas. El proceso está descrito con detalle en el libro que en 1996 publicaba junto al periodista italiano Marco Politi, Su Santidad. Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo, para el cual manejaron un volumen colosal de información, entre la que destacan los documentos desclasificados de los servicios secretos (ex) soviéticos, y los cientos de entrevistas a los principales protagonistas de la historia (incluyendo a los hombres cercanos al papa, a Reagan y a los colaboradores de éste). Seguiremos esta obra en gran parte de nuestra exposición.

La visión que del catolicismo romano tenía Ronald Reagan difería significativamente de la mantenida por los gobernantes del país hasta entonces. Muy pocos católicos habían llegado a ocupar cargos de importancia en la administración, incluso bajo el mandato del único presidente católico de su historia, John F. Kennedy. Esta tradición comenzó a quebrarse con Reagan, quien, habiendo conseguido la mayor parte del voto católico, nombró a miembros de esta confesión para los puestos más importantes de la política exterior: William Casey (director de la CIA), Vernon Walters (embajador extraordinario del presidente), Alexander Haig (secretario de estado), Richard Allen y William Clark (asesores de seguridad). «Reagan buscó, de manera abierta y encubierta a la vez, forjar unos vínculos estrechos con el papa y el Vaticano. “Quería que fuesen nuestros aliados”, explicaría años más tarde”» (Su Santidad, p. 275). De manera que, rompiendo con la tradición política de doscientos años, estableció relaciones diplomáticas con el Vaticano.

Estas relaciones se habían establecido hasta entonces considerando exclusivamente la naturaleza política del estado papal y excluyendo cuidadosamente cualquier injerencia de lo religioso en la política, según el principio de separación de la iglesia y el estado. Hubo una primera etapa de relaciones comerciales con los Estados Pontificios a través de una misión diplomática estadounidense (1784-1867), y a partir de 1939 algunos presidentes mantuvieron representantes personales sin estatus de embajador ante el papa.

En septiembre de 1983 el Senado, al revocar el edicto que en 1867 cerró la misión diplomática en los Estados Pontificios, abrió la vía a una nueva etapa. Reagan nombró a William A. Wilson (católico romano, por supuesto) como primer embajador, no ante el estado del Vaticano, sino ante la “Santa” Sede, contra la opinión de las voces tanto laicistas como evangélicas y católicas que se oponían a semejante medida. De este modo el país que mejor había representado el principio democrático de separación iglesia-estado reconocía el carácter político-religioso de la cabeza de la ICR y abría las puertas a la discriminación religiosa por razones políticas, en un proceso que podría atentar contra la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

Los opositores al cambio de política alegaron el carácter religioso de la autoridad papal como obstáculo para el establecimiento de relaciones diplomáticas, y esgrimieron que el propio Pio Laghi, delegado “apostólico” en Washington, había señalado que «la autoridad de la Santa Sede es espiritual y moral y no depende del poder secular»; a lo que el Departamento de Justicia respondió que «sea cual fuere la fuente de la autoridad de la Santa Sede, o su punto de vista respecto a dicha fuente de influencia mundial, […] el hecho es que […] la Santa Sede posee una gran influencia en el escenario de la diplomacia mundial». El senador Richard Lugar, quien propuso la enmienda para abrogar la ley de 1867, elogió al papa Juan Pablo II por haber convertido al Vaticano en una «significativa fuerza política en favor de la decencia mundial». Wilson dijo que su posición de embajador tenía su razón de ser en el hecho de «percibir profundamente el llamado a una búsqueda de moralidad» y del «reconocimiento y comprensión del papel de la religión en los asuntos internacionales». El propio Reagan declaró que «ningún bien duradero es posible en la esfera pública sin una renovación espiritual constante. En el presente la voz más poderosa a favor de esa renovación es la del papa Juan Pablo II, el papa católico romano». El siguiente embajador de Reagan, Frank Shakespeare, afirmó que entendía su función como un intercambio de información entre el Vaticano y el gobierno de su país, y añadió: «El conocimiento y los intereses de la Santa Sede cubren un amplio espectro, y en muchos casos sobrepasan al conocimiento y los intereses de los Estados Unidos, por ejemplo, en áreas tales como las Filipinas, las Américas, Polonia, Chescoslovaquia, Europa oriental, la Unión Soviética, el Medio Oriente y África» (V. Norskov Olsen, Supremacía papal y libertad religiosa, Miami: API, 1992, pp. 77-84).

La colaboración entre las dos potencias se concretó en numerosas actuaciones conjuntas y apoyos recíprocos. Una y otra se consideraban mutuamente necesarias para sus proyectos particulares y sus objetivos comunes (Vernon Walters afirmó, en alusión a la utilidad de Juan Pablo II para los intereses de Estados Unidos, que «era un potente combustible para aviones»; Su Santidad, p. 344). En atención al papa, Reagan bloqueó las multimillonarias ayudas estadounidenses a los programas de planificación familiar en todo el mundo. Wojtyla, por su parte, apoyó con su silencio la instalación por parte de la OTAN de nuevos misiles en Europa occidental (pp. 285, 336). Cuando la Academia de las Ciencias vaticana preparó un informe muy crítico con la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan (la “Guerra de las Galaxias”), el papa, atendiendo a los requerimientos de Vernon Walters, el vicepresidente Bush y el propio Reagan, echó atrás el informe. En el Líbano, la administración Reagan adoptó políticas que favorecían los intereses de los católicos maronitas.

A pesar de que Juan Pablo II ha censurado en numerosas ocasiones el materialismo de las sociedades capitalistas, en ningún momento de los ocho años de reaganismo se pronunció desde el Vaticano crítica alguna hacia la reaganomics ultraliberal; incluso, según declaraciones de los propios colaboradores papales, Wojtyla persuadió a los obispos norteamericanos a que suavizaran sus críticas hacia la política económica del gobierno (p. 498). Aun siendo gran parte de la jerarquía católica del país de línea “liberal”, desde el Vaticano se ha venido apoyando a las corrientes más reaccionarias.

William P. Clark, consejero de Seguridad Nacional y secretario de Interior bajo Reagan, confirma que el papa y el presidente «compartían el punto de vista de que cada uno de ellos había recibido una misión espiritual –un papel especial en el plan divino de la vida–. Ambos son muy dados a la oración –en el caso de Reagan, sin mostrarlo públicamente–» (Catholic.net, 11.99).

Polonia

En 1980, unos meses antes de que Reagan iniciara su mandato, comenzó en Polonia la huelga de trabajadores del puerto de Gdansk, liderada por Lech Walesa y su sindicato Solidaridad. El papa polaco recientemente elegido apoyó decididamente este primer movimiento democratizador de la Europa soviética. Cuando Reagan asumió la presidencia en enero de 1981 ya se habían producido los primeros contactos estratégicos entre el gobierno de Estados Unidos y Juan Pablo II, a través de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente Carter (con quien ya se había entrevistado Wojtyla en junio de 1980) y polaco de origen. La administración Reagan mantuvo a Brzezinski como asesor para Polonia, lo cual implicaba un trato directo con el papa (Su Santidad, pp. 271-274).

A los pocos días de su investidura, el 30 de enero de 1981, en una reunión con su equipo de seguridad nacional, Reagan mostró entusiasmo por entablar contacto con el papa a fin de apoyar a Solidaridad en Polonia. Se estableció una red de apoyo económico a través de la CIA, los sindicatos estadounidenses y las iglesias católicas polaco-norteamericanas. Radio Europa Libre, La Voz de América y Radio Vaticana emitían programas que preparaban a la población de Europa oriental para la oposición al régimen. En los años siguientes toneladas de equipos de edición y fotocopiado fueron introducidos de contrabando en el país.

Reagan esperaba ansioso los informes del papa que Walters y Casey traían de sus visitas al Vaticano. A cambio, el papa recibía información procedente de agentes secretos y satélites de la CIA. Los asuntos tratados, según los cables confidenciales enviados a las autoridades estadounidenses tras cada visita, eran múltiples: Polonia, América central, el terrorismo, el Chile de Pinochet, China, la teología de la liberación, la salud de Brezhnev, el conflicto palestino-israelí, la carrera armamentística, África, la política exterior del gobierno francés… El asesor Richard Allen afirmó: «Una de las cosas que se aprenden sobre la Iglesia católica es que está organizada para recoger información de los fieles […]. Una agencia de información debería estar organizada como el Vaticano». Él mismo calificó esta relación Reagan-Wojtyla como «una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos» (Su Santidad, p. 284).

En 1981, en plena huelga de Solidaridad y con las tropas soviéticas concentrándose en la frontera polaca (de lo cual la CIA informó al papa), el Vaticano difundió el rumor de que si la URSS invadiera Polonia, el papa viajaría a su país natal (p. 289). En una reunión entre Juan Pablo II y el embajador soviético en Roma, Moscú se comprometió a no intervenir en seis meses si el Vaticano frenaba a Solidaridad respecto a la convocatoria de nuevas huelgas. Reagan y el papa dosificaron hábilmente sus declaraciones y estrategias para, mediante el clásico procedimiento de dar “una de cal y otra de arena”, irritar, apaciguar y finalmente desarmar a los soviéticos en cuanto al caso polaco. La propia encíclica Laborem Exercens (1981) parece diseñada para proporcionar un fundamento teórico a sindicatos como Solidaridad, que «contó a partir de entonces con un documento papal hecho a la medida de sus luchas» (p. 329).

«El 7 de junio de 1982, Reagan llegaba al Vaticano para celebrar una cumbre entre esas dos superpotencias tan diferentes entre sí y que acabaría sellando la secreta alianza entre ambas» (Su Santidad, p. 372). Ambos dirigentes se sintieron intensamente identificados no sólo en sus objetivos estratégicos, sino también en su visión del mundo y en su experiencia personal (los dos habían sobrevivido “milagrosamente” a sendos atentados meses atrás). Reagan era un personaje peculiar, una curiosa combinación de visionario y pragmático. Sin ninguna inclinación intelectual, tenía sin embargo unas pocas ideas motrices, fundadas en gran medida en su intuición, que definían un proyecto y que, con ayuda de sus colaboradores, consiguió realizar en gran medida. Una de sus obsesiones era derrotar al “Imperio del Mal” (el bloque comunista de Europa) y reconducir a la URSS al seno de la “civilización cristiana”, objetivo en el coincidía con Juan Pablo II. En la cumbre del Vaticano ambos líderes comentaron la forma de rediseñar un nuevo orden mundial que superase los errores de la Conferencia de Yalta de 1945 (p. 376).

El papa, en consonancia con las afirmaciones de Reagan según las cuales su intención era buscar la paz mundial y la abolición definitiva de las armas nucleares, declaró: «En el momento actual de la historia del mundo, Estados Unidos está llamado sobre todo a cumplir con su misión al servicio de la paz mundial» (p. 378). El 17 de mayo de 1981, cuatro días después del atentado contra el papa, Reagan había pronunciado un discurso “profético”: «Los años que nos esperan serán excepcionales para nuestro país, para la causa de la libertad y para la difusión de la civilización. Occidente no contendrá al comunismo, sino que lo trascenderá. No nos molestaremos en denunciarlo, lo desecharemos como un capítulo triste y singular de la historia humana cuyas últimas páginas se están escribiendo en estos mismos momentos» (p. 324). Tras la cumbre de 1982, la “Santa Alianza” quedó consolidada.

Poco después de la segunda visita papal a su país natal (junio de 1983) las autoridades polacas levantaron la ley marcial que habían impuesto en diciembre de 1981. El régimen prosoviético de Polonia tenía sus días contados; su descomposición sería el pistoletazo de salida para la caída de los regímenes comunistas de la Europa del Este. Como dijo Wojtyla a Mieczlaw Malinski, su compañero de seminario en la clandestinidad, «perestroika es una continuación de Solidaridad. Sin Solidaridad no habría habido perestroika» (p. 477). Gorbachov ha confirmado en varias ocasiones esta misma interpretación: «Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa oriental no habría sucedido sin la presencia de este papa, sin el gran papel –también político– que ha sabido jugar en la escena mundial» (“Lo que le debemos a Juan Pablo II”, El Correo Español, 14.6.93; el líder ruso destaca también el esfuerzo de Wojtyla «por contribuir al desarrollo y crecimiento de una nueva civilización en el mundo»). Independientemente de la valoración que se haga de estos resultados políticos, cabe preguntarse qué relación tienen estas conspiraciones y estrategias políticas con la figura de Jesús, cuyo vicario pretende ser el papa de Roma.

Iberoamérica

La cruzada anticomunista de Reagan y Wojtyla atacó también a los regímenes izquierdistas de América central. Pio Laghi, delegado papal en Washington, y el cardenal de origen polaco John Krol (quien llegó a rezar públicamente en dos convenciones del Partido Republicano), fueron los contactos en esas operaciones.

En diciembre de 1982 el Congreso forzó al presidente a firmar la ley que prohibía a la CIA y al Departamento de Defensa apoyar a las fuerzas paramilitares de la Contra (cuyo objetivo era derrocar a los sandinistas en Nicaragua), por lo que la administración Reagan organizó otros mecanismos (ilegales) de financiación de los contras, lo cual condujo finalmente al escándalo Irán-Contra (muy poco recordado estos días entre tanto homenaje laudatorio al difunto). Reagan buscó la alianza con la jerarquía de la Iglesia Católica Romana nicaragüense (a la que la CIA denominaba “la Entidad”), que estaba enfrentada a los sectores pro sandinistas de la llamada “Iglesia del Pueblo”. Ya en 1981 la CIA canalizó secretamente su apoyo económico y sus informes secretos sobre el gobierno a la jerarquía católica, en especial al arzobispo Miguel Obando; cuando en 1983 la Comisión de Inteligencia del Congreso de los Estados Unidos descubrió estas transferencias, presionó a Casey para que dejara de realizarlas, pero la CIA siguió desviando grandes sumas a “la Entidad” a través del teniente coronel Oliver North, miembro del Estado Mayor del Consejo Nacional de Seguridad (Su Santidad, pp. 380, 381).

Casey y Clark, a través de Pio Laghi, alentaron al Vaticano a organizar una visita papal a Nicaragua, en la que quedara clara la condena a la iglesia popular y el apoyo a la jerarquía; para Estados Unidos también era importante que el papa no condenara a los contras (calificados por Reagan como “combatientes por la libertad”). Fue entonces cuando tuvo lugar el famoso episodio del encuentro del papa en el aeropuerto de Managua con el sacerdote Ernesto Cardenal, miembro del gobierno sandinista, a quien Wojtyla retiró la mano mientras le reprendía públicamente. En las apariciones públicas del papa la muchedumbre se dividió entre los que apoyaban sus discursos (centrados en el tema de la autoridad eclesiástica) y los partidarios de la “Iglesia del Pueblo” y del gobierno sandinista.

El viaje papal continuó en El Salvador, Costa Rica, Guatemala y Haití, países en los que Juan Pablo II habló de derechos humanos de forma genérica pero, para satisfacción del gobierno estadounidense, no pronunció ni una sola palabra contra los gobiernos autoritarios apoyados por Washington.

Otro de los intereses comunes de la “Santa Alianza” fue el modelo de transición diseñado para Chile: la Iglesia Católica Romana y Washington impulsarían a Pinochet a convocar elecciones, asegurándole la inmunidad por sus crímenes y el cargo de comandante de las Fuerzas Armadas. Para ello Juan Pablo II contaba con su nuncio, Angelo Sodano, y designó a Juan Francisco Fresno como arzobispo de Santiago; a diferencia de su antecesor Raúl S. Henríquez, Fresno era complaciente con el régimen. En la visita papal a Chile (abril de 1987), una vez más, el dictador no escuchó ninguna palabra de reprobación de labios del papa (Su Santidad, pp. 484-488; ver también Juan José Tamayo, “Los hombres de Pinochet en el Vaticano”, El País, 2.3.99).
El legado de Reagan

La religiosidad personal de Reagan está rodeada de algunos interrogantes; incluso hay quien afirma que era masón (como lo fueron y un gran número de presidentes y políticos de su país a lo largo de la historia). Su padre era católico, por lo que al nacer fue “bautizado” en esa iglesia, pero luego creció en la iglesia de su madre, los Discípulos de Cristo (protestante). Rara vez se le vio asistir a servicios religiosos u orar en público durante su mandato. Cuando en un debate presidencial se le preguntó si era un born-again Christian (como se conoce a los evangélicos “nacidos de nuevo”, es decir, que declaran haberse entregado a Jesús), se negó a responder directamente a la pregunta.

Eso sí, su posición en asuntos religiosos quedó clara en muchas de sus declaraciones, que coinciden de lleno con los planteamientos de la “derecha cristiana” (incluyendo ya en ésta las corrientes católicas conservadoras). Defendió el derecho de los niños a orar públicamente en las escuelas al inicio de la jornada «de la misma manera que el Congreso mismo comienza cada sesión diaria con una oración de apertura» y se manifestó en contra de eliminar las palabras “In God We Trust” de los documentos públicos. Repitió el mito de «somos una nación guiada por Dios» («we are a nation under God») y consideraba que «en los años 60 esto comenzó a cambiar. Comenzamos a dar grandes pasos hacia la secularización de nuestra nación y a retirar la religión de su lugar de honor». Según Reagan, «envenenamos nuestra sociedad cuando eliminamos sus soportes teológicos» (Ronald Reagan. Views on Religion & Politics).

Las ideas teológicas de Reagan sobre el fin de los tiempos son también dignas de consideración. Esperaba que en sus días se cumplieran los acontecimientos narrados en Ezequiel 38 y 39, que él, siguiendo las corrientes dispensacionalistas, identificaba con una guerra nuclear que se correspondería con el bíblico Armagedón. El fundamentalista George Otis, presidente honorario de Christians for Reagan, declaró que «Reagan reconoce el hecho de que esta nación tiene una oportunidad única de influir en la llegada de la Era del Reino». En 1980 afirmó: «Puede que seamos la generación que vea el Armagedón», y poco después le comentó a Jerry Falwell: «Jerry, nos estamos dirigiendo rápidamente hacia el Armagedón» (Armageddon Theology and Presidential Decision-Making: Religious Leaders’ Concern).

No es de extrañar entonces que, una vez retirado Reagan de la política, y más ahora con la heroificación tras su fallecimiento, los evangélicos fundamentalistas (como Paul Kengor, autor de God and Ronald Reagan, o Tom Freiling en su Reagan’s God and Country) reivindiquen su figura, destacando los aspectos de su gestión que lo identificaron a la “derecha cristiana” y minimizando, significativamente, otros datos como las frecuentes consultas astrológicas de Nancy Reagan. Precisamente esta cierta indefinición religiosa de Reagan se corresponde también con las tendencias de la Época Neorreligiosa en que estamos inmersos, caracterizada por una emergencia notable de lo religioso como factor decisivo en la política y la sociedad, el sincretismo ideológico-espiritual, el discurso basado en la “tolerancia” (ver Ecumenismo humanista) y, a la vez, un concepto de autoridad fuerte y jerarquizado. Pero ni el marcado confesionalismo de las declaraciones y políticas de Reagan, ni sus concepciones escatológicas tienen respaldo en la Biblia.

El legado sociorreligioso de la era Reagan alcanza muchas de las tendencias y mecanismos que funcionan hoy en Estados Unidos (y por tanto en todo el mundo), y no sólo en la América de Bush junior, pues todos estos rasgos se han desarrollado también bajo Clinton: la dilución de los límites entre la religión y la política, la cesión de poder a Roma por razones de pragmatismo geopolítico, la apelación a la identidad y los criterios religiosos como resortes políticos, y la irrupción de los lobbies religiosos (católicos y evangélicos) en las políticas nacionales e, incluso, internacionales (piénsese en el caso de Israel). Unos veinte años después de Reagan, con el mismo papa y con similar líder imperial (aunque aún más violento), asistimos a una peculiar reedición de la “Santa Alianza” en un contexto de guerra brutal que se pretende justificar como “lucha contra el terrorismo” (ver El eje Washington-Vaticano). El panorama es sombrío pero, gracias a Dios, aunque se llegue a imponer el totalitarismo neorreligioso emergente, ni Reagan entonces y Bush ahora, ni el papa y la “derecha cristiana” entonces y ahora, tienen la última palabra sobre el destino del mundo.

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